
28 de mayo de 2009:
Escucho: not about love de Fiona Apple, tema apropiado para las circunstancias de hoy que no revelaré aún.
Estoy de angustia nuevamente, ya no amo como antes. Por cosas del azar he releído La Sirenita de Hans Christian Andersen (nada que ver con el happy ending versión Disney cuyos productores no quisieron repetir el efecto Bambi que a tantos niños, incluyéndome, traumó en sus primeras escenas). La anécdota comienza con el encuentro de una chica porteña en Buenos Aires: la escuché dando una conferencia en el Congreso de Mujeres en las Letras al cual fuimos invitadas, la niña hablaba de la extraña recepción de un blog que mantiene, el cual llamó mi atención así que la abordé al final para preguntarle la dirección de la página, la cual se titulaba: http://www.creesquesoysexy.blogspot.com/, resultó ser una de esas literaturas venenosas que a mí tanto me gustan, quizás llena de códigos sureños, pero refrescantemente irónica. Me volví un poco adicta.
El grueso del asunto tiene que ver con un texto en especial posteado allí: Sirenas, que vendría a ser una remembranza del cuento de Andersen, un diálogo inquisidor entre el escritor y la Sirena que le visita. Por lo tanto, releí la historia original del danés. Este cuento siempre me perturbó desde que era niña (yo nunca me vi la versión disneyniana con langosta cantante incluida (¿o era un cangrejo?), sino que leí la versión ruda original que intentaré recrear para todos ustedes a continuación:
La Sirenita por Hans Christian Andersen: paráfrasis by Miss T.
La Sirenita era una niña/pez que vivía feliz con sus hermanas en el fondo del mar sin que la vida marina le maltratara de forma alguna. Cuando tuvo cierta edad y cierta curiosidad quiso asomarse a la superficie del mar, allí se encontró con una tormenta y un soñado y naúfrago príncipe al cual rescató de la muerte porque el solito no se sabía salvar. Sirenita, como toda Sirena que se respete, cantó y cantó al Príncipe moribundo el cual quedó inconscientemente vivo y enamorado de aquella voz que no asoció a su acuática salvadora porque al despertar ésta ya no estaba, (hombre al fin, inconsciente de los sacrificios femeninos). La sirena vuelve su casa marina y regresa para encontrarse de frente con el horripilante y trágico sentimiento que para ella representaría próximamente: Se había enamorado.
Ahora quería ser mujer. (Mujer en el sentido literal, un par de piernas en lugar de cola y si estaban depiladas, mejor). Todo esto con el fin de obtener a su hombre que npi de quién era ella. Desesperada e impaciente acude a otra criatura femenina, no menos extraña: la bruja del mar. La bruja le dice: tendrás tu par de piernas sirenita, sí, pero cada pisada te dolerá como un filoso cuchillo y, a cambio, tendrás que regalarme tu voz y tu alma inmortal ah! Se me olvidaba…sí tu amado se casa con otra y no te ama, tú morirás y te convertirás en espuma de mar! vaya, Sr. Andersen, pisadas como cuchillos, qué imaginación fatal!
La enamoradísima Sirenita acepta las locas, desproporcionadas, dolorosas, riesgosas y poco equitativas condiciones de la bruja esa pensando que su amor lo vale. No lean horrorizados: ¿qué mujer enamorada no hace eso y qué sé yo cuántas irracionalidades que se le ocurran por un amor absolutamente absurdo o incorrespondido?
Ya sin cola y armada de sendas (¿y hermosas? Christian no lo aclara) piernas, la Sirena acude a seducir a su príncipe sin voz y sin manera alguna de decirle que, aunque él no se enamore, tenga en cuenta que a ella le debe su lujosa y superficial vida.
De aquí en adelante empieza una penosa, tormentosa y vergonzosa secuencia: la niña acompaña al indiferente amado a todas partes, respirando el aire porque donde él camina y cuidándolo quien sabe de que (recuerden que cada paso le duele como cuchillada). Luego de algunas indiferencias preliminares él empieza a tomarle cariño: COMO A UNA HERMANA. Un poco cansado de que esa misteriosa y muda niña le fuera tan fiel pero tan silenciosa, él decide casarse con otra bella mujer que era una recién conocida que no lo había salvado de ninguna muerte pero que sí hablaba y además era princesa o condesa o duquesa o qué sé yo que título nobiliario tenía, y como esa otra chica a quien él quería como hermana (nuestra pobre sirenita) lo seguía a todas partes también se le ocurrió la brillante atención (doble humillación) de invitarla al barco donde se efectuaría su funesta boda, mar adentro, con la otra mujer.
Así, la ex_sirena plenamente consciente de que su destino sería convertirse en espuma de mar esa noche cuando se consumara el matrimonio, estaba resignada. Sin embargo, justo antes del fatal momento, salieron al auxilio las queridas hermanas que le dicen lo siguiente:
-Sirenita, hemos vendido nuestros hermosos cabellos y todos los tesoros que teníamos a la Bruja del Mar para salvarte y que no te mueras convertida en espuma…ella nos dio este puñal: por la noche mata al príncipe y a su esposa y volverás a ser una inmortal Sirena y ser feliz con nosotras en las profundidades del Océano.
Pasó que la Sirena amaba demasiado a ese patancito, traidor, ingrato y no los mató nada, sino que lo dejó ser feliz con otra mientras ella dejaba de existir. (¡Toda una dama!) Y al final, dice Andersen, su alma por ser tan buena se va un cielo de las sirenas o algo así. Y ya!
Otro día les cuento el cuento de Giselle, igual de sublime y espeluznante.
Una vez utilicé la imagen de la Sirenita para ilustrarle a un amado hombre la sensación que producía en mí. El me intimidaba de una manera que yo sentía que ninguna palabra que saliera de mi boca podría interesarle, por lo tanto me veía como obligada a probar la seducción muda, (la Sirenita no logra enamorar a su Príncipe sin su hermosa voz), pero la imagen era parecida y yo sí me creí capaz…pero el final de esa historia con ese hermoso hombre es harina de otro costal y otro día la contaré si mi ánimo surge.
Hoy hay otro príncipe que quiere que yo deje de ser Sirena para que lo pueda acompañar a su oscuro bosque lejos de mi mar, sólo que yo ya no creo en brujas, ya no regalo mi voz por nadie.

